EL PASO DEL INFIERNO
Enrique Ruben Moreira Gerez
Pequeño, perdido entre el desértico paisaje de campos y alambrados supo a través del tiempo, de la historia y las crónicas populares, ganarse una triste leyenda.
El Paso del Infierno...
- Dicen que los viernes después de las doce de la noche no hay indio que se anime a cruzar por el paso - comentaba un paisano, mientras acomodaba el mate cerca del fogón brillante, que permitía ver colgado en la comisura de sus labios un pucho de chala.
- Parece que el bicho de blanco se queda quieto en el medio y los caballos se quedan como locos que no hay rienda que lo aguanten, - acotó el segundo: aflojando el barbijo del sombrero, viejo ya del uso y el manosea.
- Y si no preguntale al más viejo de los gurises de don Medina - dicen que se le desbocó el alazán y casi se mata contra los alambrados.
- Eso fue el año pasado, casi de madrugada.
- Y no hay bala que le entre -fue el comentario del otro paisano que completaba la rueda.
El Paso del Infierno....Historias...
Los comentarios se fueron sucediendo, uno tras otros, cargados de una exagerada fantasía, sin asidero racional: pura creencia.
El Paso del Infierno se volvía oscuro por la noche porque era por naturaleza, una depresión geográfica.
Eso hacía más tenebroso el pasaje, y sobre todo los viernes, después de la media noche.
Algunos no creían en la leyenda de aquel fantasma de blanco, pero la respetaban.
- Escuché en el boliche, los otros días, que el tal fantasma es el más chico de los Medina, - dijo el paisano, llevándose la infusión caliente a la boca. Era Prudencio Benítez, un baqueano de Tranqueras.
- Son siete... Humm, y según tengo entendido el más chico debe estar embrujado.
- Y mañana justo, tengo que ir al pueblo, y es viernes...- concluyó otro.
El Chueco Medina, el tercero de los hermanos, escuchaba atento aquella conversación sin participar, total, él había llegado por la mañana a la estancia y no quería que sus compañeros se enterasen que era hijo del viejo Medina, y que su hermano, el séptimo, no tenía embrujo ninguno.
Churrasqueó, salió del galpón, miró detenidamente el cielo y luego hacia el monte.
- El Paso del Infierno - pensó un instante.
- Pura historia...
Amanecía cuando el más chico de los Medina, el séptimo, ensillaba cuidadosamente su petiso para rumbear hasta el pueblo. Era un muchachuelo aún, dieciséis años recién cumplidos, diestro en las tareas de campo, nacido peón, resignado a una vida tan monótona como el campo ajeno que habitaba.
- Ah, y no se me entretenga, hoy viernes...
- Tome, lleve el revólver, por si acaso, métalo entre los pelegos, y no le tire a las liebres.
Atento a las recomendaciones de su padre salió al camino.
Al mismo tiempo Prudencio Benítez también salía silbando, al galope y de sombrero a la nuca, rumbo al pueblo.
- El Paso del Infierno, hum... son cuentos, bobadas, puras bobadas,- no dejaba de cavilar el Negro Medina.
- Bicho de blanco: alguna oveja perdida debe ser,- susurraba por lo bajo.
- Esta noche voy al Paso...
La noche del campo tiene un encanto especial que la llena de duendes en el silencio, y que vuelve los ruidos más austeros haciendo sentir al hombre la inmensidad de ese particular universo.
Arriba, la noche, también era un campo, todo sembrado de estrellas. Una calma espectral poblaba el ambiente.
La noche había atrapado a los dos viajeros.
Prudencio Benítez apuraba su pingo, a galope tendido, mientras el gurí taloneaba su petiso, que avanzaba lentamente como haciéndose cómplice del tiempo.
A los dos le asaltaba una misma idea, obra de la vigente historia del Paso.
Había que pasarlo antes de las doce.
El gurí cada momento tanteaba el cabo del revólver, como para no sentirse solo, como buscando una seguridad que no la tenía. Instintivamente su mano se metía entre los pelegos.
Eran casi las diez cuando Prudencio cruzó el Paso ya casi en sombras, y un suspiro de alivio le brotó de la garganta. Se llevó la botella de caña a la boca y la llenó con un largo trago.
Llegó a la estancia casi a las once. Desensilló. Entró al galpón. El fuego aún chisporroteaba. Miró en la penumbra la cama de su compañero que había llegado el día anterior y no lo encontró.
Despertó entonces al Chueco y averiguó por el ausente.
- Ah, dijo el otro medio dormido.- Agarró una sábana blanca y salió pal Paso, dijo que te iba a asustar.
- Dentro de un rato seguro está de vuelta.- Se dio media vuelta y siguió durmiendo, ajeno, ausente...
Afuera se escuchaba el ladrido lejano de los perros.
Eran ya más de las doce cuando el gurí enfiló rumbo al Paso, en una mano las riendas, en la otra el revólver, pronto para disparar, por si acaso.
Había oído muchas historias sobre el asombro del Paso...Bicho de blanco, de la mujer sin cabeza, del llanto del niño, del lobizón y otros tanto.
Transpiraba ahora a medida que avanzaba, los latidos del corazón se habían acelerado, se agudizaron los sentidos, le temblaba la diestra con el revólver, iba tenso, asustado.
El Prudencio Benítez terminó de sacarse las botas y se acostó boca arriba, echando unas bocanadas de humo. Pensaba.
- Está loco mi compañero: mire que salir a asustarme...La Pucha.
Al llegar a la cabecera del Paso el gurí taloneó el petiso como pidiéndole prisa. Un tenue rayo de luz se coló entre las ramas y una quietud inquietante habíase apoderado del paisaje...
Era como las dos de la mañana cuando el ladrido de los perros despertaron al Prudencio. Salió rumbo al portón después de oír el galope, y vio al caballo del Negro, sin su jinete.
Espumeaba la boca del animal asustado; querían salir sus ojos en destello de luz, las riendas sin gobierno se entrelazaban en los remos de las patas delanteras y una masa viscosa, sanguinolenta disparaba desde la cabecera del recado cruzándole el pecho. Giraba loco en una danza de contratiempos.
Era como las dos de la mañana.
Se volvió rápidamente y alumbró la cama de su compañero, la que aún permanecía prolijamente tendida.
- El Paso del Infierno.- puro cuento.
- Seguro que todavía me ha de estar esperando...